Democracia Desrepresentación Autogobierno

Demo-cracia

Gobierno coactivo-conflictual-concensual de una o varias clases sobre otras. Si es socialista, resulta la dictadura del proletariado.

Para una dictadura (una de las formas-estado) hace falta un partido de la clase proletaria que expulse a la burguesía del aparato estatal. Toda maquinaria requiere una gestión y toda gestión estatal es una práctica delegada y con ella el fin de la democracia directa que se queda a las puertas de instaurar una sociedad antisalarial.

A continuación, la dictadura de la clase representada por el partido, instaura un gobierno que en nombre de los asalariados y combatiendo al capital perpetúa la esclavitud salarial. Representación y valor de cambio vuelven a soldarse pero ahora en nombre de los trabajadores.

Comienzo de la dictadura delegada en los funcionarios del partido que representan a la clase y actúan en nombre de la clase. Quedando librados los destinos anticapitalistas a que los mejores cuadros partidarios en la dirección estatal representan los intereses y valores de sus representados. O que su contracara, los funcionarios, actúen más allá de la clase, a pesar de la clase o, aún, en contra de la clase.

Hasta aquí es reducir a la voluntad de unos cientos de hombres (los representantes revolucionarios y los devenidos usurpadores) los destinos de la revolución social.

No se puede delegar en la dirección estatal partidaria una lógica radical que nunca debe ser expropiada a la multitud. Caso contrario, el peligro de traidores que degeneran la revolución será la asignatura contra la que tropezará todo cambio antisistémico. Ante este panorama, que ya tristemente recorrió la humanidad, el único antídoto resulta la no-delegación de la potencia constituyente de la multitud.

¿Pero las masas no se pueden equivocar? Sin dudas que pueden. Pero es infinitamente más probable que por su práctica auto-organizativa asamblearia y su autovaloración cooperante corrijan sus errores, a que lo haga un puñado que sustituyó a la multitud.

La solución resulta una cuestión ontológica. Lo que es -la multitud-, es lo que hace -la biopolítica-. Es decir, los deseos, el intelecto colectivo y los afectos puestos a producir autónomamente. O dicho de otro modo, una inherente correspondencia entre sujeto social, económico y político que no admite límites o ataduras externas provenientes de la lógica partidaria-administrativa o disciplinadora-estatal. Es una multitud productora, autoorganizada y dirigente. Es un poder constituyente.

No se puede librar la suerte de una revolución a un partido, estado o nación. Sino que las autonomías locales conquistadas, sean fábricas, comunas o países, deben ser permanentemente ampliadas hasta una confrontación definitiva con el poder hegemónico imperial encarnado en cada capitalista, intendencia o nación. Disolviendo los últimos vestigios del poder estatal en la multitud. Y nunca transfiriendo el poder de las masas a ninguna dictadura.

O el estado y la representación se disuelve conjuntamente con la ley del valor y el salario, o se acabó la revolución social. Ya fracasó tomar el estado para revolucionarlo en nombre de los intereses de las mayorías.

Pero también fracasó construir ciudadelas autonomizadas de antipoder, que resultan exterminadas por la represión y absorbidas o trituradas por la lógica ampliada de la circulación del capital y sus estados, con los que no se confrontó hasta destruirlos. Ambas experiencias resultan un legado frustrante pero aleccionador para el actual anticapitalismo. Anticapitalismo tributario de la rica historia del movimiento obrero universal de los últimos dos siglos.

Des-representación

Entre el capital-parlamentario y la república asamblearia se manifiesta el último acto de la representación. Toman cuerpo en los agrupamientos político-sociales los modernos mandatarios asamblearios.

Representantes de la des-representación. O esta dinámica se da en el debate democrático y confrontando prácticas alternativas o se imponen los caciquismos falocéntricos y los narcisismos de las pequeñas diferencias.

Entre delegación capitalista, el fin de toda democracia y el autogobierno popular, se impone por un tiempo la democracia directa y participativa. Tarde o temprano esta lógica se resuelve. O gana el capital y el retorno del representante fetiche, o se extingue el tribuno-delegado en el magma de las singularidades de la multitud asamblearia. Develando, de este modo, cara y contracara de una sola antagonía sustancial: la dominación capitalista o la potencia infinita del movimiento.

En su trayecto, formas híbridas y todavía no hegemónicas como la reapropiación de unidades capitalistas, el control obrero y la autogestión, fuerzan con su potencia líneas de fuga del poder. Resisten los embates de la vieja sociedad dominante y se preparan conjuntamente a extinguir al capital-parlamentario y los últimos resabios des-representativos.

Auto-gobierno

Un movimiento constituyente tiene como meta muchas tácticas pero ninguna estrategia final.

Ya que aún, las que hoy se visualiza como la asociación libre de los productores iguales en un asambleísmo mundial biopolítico, será desbordado por nuevos deseos y objetivos de la humanidad.

Es un movimiento, justamente, porque no tiene como fin el reposo. Todo poder victorioso es un movimiento aletargado y cosificado que cristaliza nuevas relaciones de sometimiento.

Es poder constituido y como tal debe ser siempre desbordado por las masas para no ser atadas a un nuevo dominio.

Poder constituido que puede comenzar como revolucionario y puede concluir como reaccionario.

La potencia es constituyente porque desconfía de todo poder constituido. Sea esta la autogestión acotada y la autonomía local, que como tales resultan pasibles de autocomplacencia o renegación de la abolición universal del dominio político y económico del capital. O aún las formas del Estado socialista, dictadura proletaria o representación popular, instrumentos pasibles de expropiación de la libertad, igualdad y fraternidad de los oprimidos.

La multitud es potente porque está mas allá del estado, la representación, el gobierno, la democracia y el poder.

Una multitud en revolución continua y autogobierno.

Su ley es la ley de todos y por lo tanto el fin de todas las leyes.

Su política es el fin de la política porque ya no hará falta más democracia, es decir, el gobierno de una parte de la sociedad sobre la otra.

Su economía no resultará más mercantil. El bien de uso sustituirá al bien de cambio.

Fin de las fronteras espaciales. La multitud articulando las singularidades nacionales en un nuevo internacionalismo. De lo contrario, no habrá perdurabilidad del movimiento perpetuo constituyente.