El continente de la democracia absoluta

 
No hacía falta ser profetas para saber que la ampliación de la Unión Europea, tal y como había sido querida por los líderes más conservadores de las naciones del continente y ásperamente solicitada por los estadounidenses, habría resultado un fiasco. Las fuerzas europeas más reaccionarias también habían solicitado la inmediata apertura a Turquía, mientras que su socio estadounidense había anticipado la nueva figura de Europa con la reestructuración de la OTAN. Europa no puede nacer sino de la confirmación de su alianza estratégica con Estados Unidos: éste es el estribillo de toda discusión institucional europea o, para ser más exactos, lo ha sido hasta hoy. Sólo que la consonancia de amorosos propósitos que expresaba el estribillo sólo era válido del lado europeo: en lo que atañe a los USA, al menos desde principios de la década de 1970, a cada aumento de la unidad europea le ha correspondido una reacción estadounidense, de resultas de la cual el abrazo entre las dos orillas del Atlántico se revelaba cada vez más asfixiante. La utilización política de Oriente Medio y el control del petróleo por parte estadounidense ha sido desde siempre el dispositivo que disciplinaba los tiempos y las formas de la unificación europea: desde la década de 1970 se ha tornado en un instrumento de chantaje directo.

Todos sabían que la ampliación de la Unión Europea sólo podía resultar un fiasco. Los países del este europeo, ex satélites soviéticos, son países que conocen una difícil evolución hacia un modelo democrático de sociedad y, sobre todo, son en la fase actual pequeños y débiles navíos que se han aventurado en el gran mar del neoliberalismo. Sus clases dirigentes son, en su mayor parte, los últimos episodios de la nomenclatura socialista, hibridados con hombres de negocios y mafias de la restauración de los regímenes de propiedad privada, más o menos monopolistas. Correspondía a la gran prensa mundial, subordinada a los proyectos políticos de debilitamiento de la Unión Europea, la tarea de ocultar de forma perfecta el necesario fiasco de la ampliación.

Ahora bien, resultaría inadecuado insistir tan sólo en el fiasco de la ampliación y no darse cuenta de las debilidades internas de las dinámicas europeas en sentido estricto, de las pulsiones contradictorias de la actividad constituyente de la «Vieja Europa». Una crisis política extraña y sin embargo siempre abierta: extraña porque iba acompañada de sustanciales pasos hacia adelante en la construcción de la Unión, hasta llegar al gran éxito que ha sido la constitución del Banco Central Europeo y la emisión del euro; pero continua, porque cada momento de la construcción europea se veía expuesto, cada vez más, al enfrentamiento en las relaciones de fuerza internacionales y, por lo tanto, desequilibrado no tanto respecto a los eventuales adversarios (primero fue el mundo socialista, luego la gran competencia asiática) como de los aliados o, para ser más exactos, del principal aliado, los Estados Unidos de América.

Estados Unidos siente a la Unión Europea como a un igual: no tanto desde el punto de vista militar, como es obvio, como desde un punto de vista económico y cultural. Sin embargo, hoy el punto de vista militar es mucho menos importante de cuanto pudo serlo un tiempo: ¿cómo cabría imaginar un enfrentamiento militar, una confrontación nuclear entre los dos lados del Atlántico? Lo que resulta fundamental es, por el contrario, la confrontación económica y cultural: las sinergias de la Unión Europea y las nuevas fuerzas productivas que son capaces de poner en juego, unidas a la fuerza monetaria, podrían efectivamente constituir una alternativa al poder global de los USA: una alternativa política y económica, tan política y económica como el modelo de desarrollo que los europeos han sabido mantener o, para ser más exactos, que las clases trabajadoras de Europa han sabido defender. Ahora bien, esta confrontación continua con el desarrollo estadounidense, este enfrentamiento entre el modelo liberal y la resistencia de las clases trabajadoras europeas, ha intervenido siempre sobre las articulaciones materiales del hacerse de la Unión. Las derechas nacionales, desde siempre indefectibles amigas del gobierno estadounidense, ahora ya no son capaces de ocultar el interés económico tras la pantalla de la defensa de la libertad. Los países en los que las burguesías son más egoístas ante los movimientos de clase (Italia, España, etc.) y parasitarias en la concepción del desarrollo (Italia, España, etc.), son también los países en los que el asalto a la singularidad del modelo europeo de desarrollo es más fuerte.

En efecto, la unidad europea prevé un modelo de desarrollo. La convención constitucional europea no podrá ahorrarse el trance de afrontar, materialmente, este problema. Ahora bien, sabemos que Europa sólo puede formarse como Unión derrotando los impulsos extremistas del liberalismo estadounidense. Es una suerte que la crisis iraquí haya puesto a los dos países más fuertes de la Europa continental, Francia y Alemania, ante el problema de asociar el impulso hacia la unidad europea con la defensa de la singularidad de lo social europeo. Europa sólo podrá ser construida sobre esta base y a partir del impulso que Alemania y Francia están haciendo valer para colocar, en el orden global, un modelo antiliberal de desarrollo económico y una cultura antiliberal de crecimiento de las potencias productivas. En los países donde las burguesías son más egoístas y la resistencia menos fuerte (España, Italia, etc.), se trata de derribar a los gobiernos que están al lado del capitalismo estadounidense. Esta batalla ha de conducirse con coherencia, ampliando las alianzas en la medida de lo posible y afirmando la centralidad de este proceso respecto a cualquier otra vía de constitución europea.

Sin embargo, ¿qué significará la constitución de la Unión Europea en el interior de la economía-mundo y de las formas globales de soberanía que están constituyéndose? ¿Aspira acaso Europa a un papel de superpotencia dentro del desarrollo global de la economía y de la política-mundo? Es evidente que nuestra respuesta sólo puede ser negativa. Las fuerzas europeas más vivas, las multitudes productivas de Europa quieren proponer únicamente un modelo económico y político de democracia creciente en el ámbito mundial. El unilateralismo estadounidense ha de ser derrotado en cuanto tal, en tanto que maloliente y peligrosa reproducción del imperialismo del Ancien Régime, en tanto que golpe de fuerza de una clase dirigente corrupta y, ésta sí, verdaderamente envejecida. El unilateralismo estadounidense de la administración Bush está íntimamente ligado a los intereses de la más vieja economía, a las fuerzas de la industria siderúrgica y petrolífera, de los constructores de tanques y de armas pesadas… ¡Qué extraña ironía es ésta, en la que la joven América se presenta mucho más envejecida que la Old Europe! Frente al mismo, la presión del interés por la unión europea se desarrolla sobre la base de la nueva fuerza productiva que la socialización y la informatización de la producción permiten a las multitudes europeas. La lucha de clases continúa atravesando, en Europa, el conjunto de las relaciones de fuerzas y construyendo esperanza de liberación.

La Unión Europea, aunque fuera a dos (Francia y Alemania), deberá proponer esta cuña política y productiva contra el imperialismo unilateral de los USA. Así, pues, no se trata de contraponerse a América, sino de desarrollar una consigna de esperanza y de emancipación política, de declarar el multilateralismo imperial definitivamente superior al unilateralismo imperialista, de construir un proyecto de solidaridad mundial contra el egoísmo de gran potencia que los USA han heredado de los siglos diecinueve y veinte europeos.

Este esfuerzo no nos encuentra solos. En la situación actual observamos la conversión estratégica de diferentes fuerzas en diferentes zonas del mundo hacia un objetivo análogo: la afirmación del multilateralismo. En América Latina, en particular, la recomposición unitaria de las fuerzas de izquierda en el terreno continental parece lanzar un desafío, igualmente fuerte si no igualmente eficaz que el que propone la Unión Europea contra la voluntad estadounidense de uniformar las políticas económicas y el gobierno de la fuerza de trabajo bajo el dominio del dólar. De esta suerte, parece proponerse una segunda cuña dentro del desarrollo imperial, contra la unilateralidad imperialista de la clique de Bush y en la perspectiva de una constitución multilateral del gobierno global.

Una última observación. Podría reprochársenos que olvidamos, también nosotros, la lucha de clases, que nos representamos el desarrollo como la resultante de la confrontación entre las fuerzas políticas. En efecto, en todo lo que hemos dicho hasta ahora esta crítica puede cobrar cierta verosimilitud. Pero no es así en realidad… Lo cierto es, en realidad, que el golpe de Estado de George W. Bush nos impone este terreno de análisis, como le tocara asumirlo a Marx ante el 18 Brumario de Luis Bonaparte. Sin embargo, la adopción de este terreno de análisis, que es también un terreno de realidad, sirve tan sólo para insistir en el hecho de que nuestra lucha contra el imperialismo y la guerra es radical. Destacar la importancia de que algunas aristocracias globales (la alemana y la francesa, por ejemplo, pero también probablemente la rusa y la china) se alíen hoy con quienes luchan por la democracia, representa sólo una condición táctica positiva. En cuanto la clique de Bush haya sido devuelta a la razón, se reabrirá sin ninguna ilusión, en la lucha de las multitudes, el proyecto de una democracia absoluta: porque sólo la democracia de las multitudes puede construir establemente la paz y expulsar a la guerra de la historia.
 
 
 
 

————————————————————————
[1 http://www.akal.com/html/publica2/marco.php?fr_contenido=detalle.php&fr_cabecera=cabecera_detalle.php&fr_resultadoUnico=N&fr_tituloPagina=Ficha&fr_codLibro=11288