Interrogar al feminismo

Accion, violencia y gubernamentalidadVersion originale de art362, rub141Sí, yo llego a este servicio y me dicen, tienes que derivar, pero claro la
persona me dice (.) por ejemplo, en un caso de violación, era muy claro, le
dices tiene que ir a una policía de estas que tienen servicio a la mujer y
te dicen, ya, pero es que en mi pueblo no hay, porque trabajas para toda
España y si viven en un pueblo-, ya, pero está a 200 km, pues nada la mandas
a su comisaría, y no va a ser lo mismo, entonces tendrás que darle unas
pautas de decirle, pues tiene que hacer esto, esto y esto, pero yo eso lo
digo porque quiero, y la empresa quiere que yo lo diga, pero sin embargo no
me obliga a hacerlo, no me ha dado formación, con lo que si yo lo hago mal
¿que responsabilidad tengo? Tengo una responsabilidad personal, pero la
empresa te puede decir esto lo has dicho tú y no estas obligada a decir eso
y, de hecho, no lo puedes decir. («A la escucha», deriva guiada por Lourdes,
teleoperadora, Precarias a la Deriva, Madrid, diciembre 2002)

En el Foro Social Europeo, celebrado en Florencia el pasado mes de noviembre
de 2002, hemos tratado de aferrar, una vez más, el deseo de entender dónde
estamos, dónde está el feminismo en relación a sí mismo, a sus movimientos
históricos de corto y largo recorrido, a sus multiplicidades irreductibles e
irrenunciables y a otros lugares de la política articulados en torno a lo
que hoy llamamos el movimiento de movimientos . Dónde estamos nosotras,
activistas expulsadas por los noventa, expropiadas de la acción colectiva de
masas, desmemoriadas respecto de las luchas desarrolladas a lo largo de las
décadas anteriores, instaladas en la precariedad como condición existencial
y precipitadas a un espacio incierto, apasionante, de reinvención política e
hibridaciones subjetivas. Y quién es ese nosotras que se (re)crea en el mero
de hecho de estar, como estuvimos en Florencia, de reclamar una presencia, y
si debemos o no atrevernos al plural (cuando aún no nos hemos encontrado) y
cómo cuando somos nosotras mismas también quienes lo nombramos.

Algunas compañeras han manifestado sentirse cansadas ante lo que perciben
como un estancamiento o incluso un retroceso del feminismo; «seguimos siendo
invisibilizadas», afirman, o «tenemos que volver constantemente sobre las
mismas cuestiones». En definitiva, desde hace ya tiempo decimos las mismas
cosas acerca de los mismos problemas. Pareciera que el feminismo se hubiera
dicho ya y que fuera justamente a través de la recurrencia de este lamento
como se consumara el género como un modelo clausurado que no alcanza a
entender que nosotras siempre somos ya unas otras, que los lugares que
transitamos han cambiado y que se hacen necesarias nuevas preguntas y
respuestas. Este lamento se produce, además, en un contexto de supuesta
falta de herramientas para la acción; la naturaleza paradójica del poder -en
palabras de Judith Butler, el problema de «cómo adoptar una actitud de
oposición ante el poder aun reconociendo que toda oposición está
comprometida con el mismo poder al que se opone» -, el fantasma de la
totalización y la asunción de que no existe un afuera atenazan las
capacidades propositivas del feminismo condenándonos, en el mejor de los
casos, a una retórica deslocalizada que renuncia a enunciarse en posiciones
particulares desde las que poder proseguir el diálogo. En este impasse se
imponen la prudencia y sus aliadas: la esencialización de la experiencia, la
deflacción de las diferencias en el régimen dominante del pluralismo y la
diversidad, la competencia por situarse correctamente en la abigarrada
escala de la opresión o el escapismo o el repliegue al refugio (cada vez
menos seguro) de las «cosas de mujeres».

Se podría decir que a esta intuición certera acerca del retroceso le falta
dos cosas: una estimación de la travesía del feminismo orientada a analizar
las mutaciones históricas de las relaciones sexuadas -en la familia, en el
mundo laboral, en la reproducción, en el acceso y la crítica a la educación,
en la sexualidad, etc.- que se han desatado a lo largo de las dos últimas
décadas y contra las que es preciso pensar nuestros presentes, y una
percepción micropolítica capaz de captar las modificaciones del sensorium,
de los hábitos y de los desplazamientos subjetivos de género que nos
constituyen, que constituimos. Le falta además reconocer algunas
aportaciones que desde los propios análisis y prácticas feministas han
modificado a lo largo de los últimos años los modos de comprensión de la
realidad. Las identidades como procesos complejos de articulación
irreductibles al género, el descentramiento del sujeto masculino pero
también de un sujeto mujer constantemente naturalizado a través de las
tecnologías del género , la teorización de la experiencia corporeizada como
fundación de un nuevo materialismo alejado de las abstracciones
androcéntricas perpetradas por el liberalismo pero también por el marxismo,
las epistemologías situadas como principio para una nueva objetividad ética,
las alianzas como operaciones radicales de las diferencias y las
figuraciones como artefactos híbridos de la política-ficción son algunas de
ellas. Ontología, epistemología y política para una metodología de las
oprimidas, por emplear la expresión de Chela Sandoval , que apenas ha
asestado sus primeros zarpazos.

Tránsitos

Frente a la idea del retroceso -vuelta a donde estábamos anteriormente- como
mecanismo para describir el momento actual del feminismo propongo la del
tránsito, que desde mi punto de vista ilustra de un modo más adecuado los
desplazamientos desacompasados que el feminismo experimenta al tratar de
leer las posiciones recombinadas de las mujeres en el mundo globalizado.

El tránsito atañe tanto a los cambios en las vidas de las mujeres -que
migran, que intentan incorporarse al mundo laboral, que lo consiguen a duras
penas y en condiciones desventajosas, que tienen que conciliar vínculos y
exigencias al precio de una gran sobrecarga, que se quieren pensar como
sujetos autónomos pero dependen de sus progenitores, etc.- que el feminismo
aspira a comprender como al descubrimiento, en nuestras reflexiones, de que
la materia viva de la que están hechos estos cambios, las identificaciones
híbridas que producen -lesboprecaria, madre-solaperiférica, transmigrante,
etc.- y, por consiguiente, los modos de análisis que precisan resultan
enormemente complejos y exceden a las categorías estabilizadas del feminismo
hegemónico.

Una de las claves para entender esta multiplicación de operaciones de
recombinación que nos empujan a transitar por territorios inciertos se
refiere al modo en el que los imperativos económicos que hoy determinan la
vulnerabilidad, la sobrecarga de trabajo y la movilidad obligada intiman con
decisiones que conciernen a la sexualidad, a la composición de los hogares,
a la adecuación de los estilos y ritmos de vida o a las decisiones
reproductivas. De algún modo cabría hablar de un grado de integración mayor
entre lo que tradicionalmente hemos considerado trabajo productivo y
reproductivo, este último, en el sentido clásico de trabajo doméstico y de
cuidado y en otro mucho ampliado que incluye las regulaciones inscritas en
los cuerpos o lo que algunas autoras llaman la «vida personal» : la
producción social entre sujetos y los procesos de (auto)producción de/en los
sujetos.

Alejándose de las teorías de los sistemas duales o de las jerarquizaciones
propias de los debates marxistas de los 70, Donna Haraway ha acudido a las
imágenes planas del circuito integrado y la informática de la dominación
para cartografiar de un modo sugerente la reordenación de las conexiones
entre los hogares, las sexualidades, los empleos, las modalidades de
gobierno, las manifestaciones culturales o las prácticas médicas y
tecnocientíficas . De acuerdo con esta perspectiva, las conexiones son
múltiples en función de la clase, el género, la etnicidad, la proveniencia o
la edad, pero están todas ellas atravesadas por modulaciones variables e
incorporadas de la explotación en todo lugar ; se trata, como advierte
Haraway, de un nivel de ensamblaje intensivo sometido a un fuerte estrés. Lo
cierto es que estas modulaciones hacen necesaria aunque difícil, una
intervención conjunta que ataque a los distintos centros desde los que hoy
se organiza la dominación.

Así pues, cabría pensar los tránsitos en distintos niveles. Estos se
refieren, en primer lugar, a las exigencias de movilidad en el capitalismo;
las que empujan constantemente a la teleoperadora, a la joven enfermera o a
la migrante en sus travesías vitales estratégicas. Los tránsitos aluden, en
segundo lugar, a la confusión de las demarcaciones existenciales e
identitarias del dentro y fuera, de lo público y lo privado, del trabajo y
la existencia, de lo propio y lo ajeno en un continuum biopolítico que
desafía las categorías -identidad, integración, igualdad, emancipación,
etc.- con las que pensar la realidad. Finalmente, los tránsitos tienen que
ver con una travesía histórica en el feminismo, que se enfrenta hoy a un
conjunto de discontinuidades que nos fuerza a un cambio en el pensamiento y
en la acción. Para desplazarnos por esta topografía irregular es preciso
recuperar el impulso genealógico , establecer líneas de ruptura y
continuidad con respecto a nuestras historias pasadas.

En el presente texto trataré de aproximarme a algunos de estas travesías
refiriéndome, en particular, a la cuestión de la violencia contra las
mujeres. La modificación del tratamiento de la violencia en el ámbito
público a lo largo de las últimas décadas ilustra, junto a las políticas
orientadas hacia lo que la Comisión Europea denomina conciliación de la vida
familiar y laboral, expresión que evoca vagamente los problemas
reproductivos que hoy suscita la división sexual del trabajo en la era de la
flexibilidad y la precariedad, uno de los ámbitos más activos en el gobierno
de las relaciones de género. La transformación de la violencia en problema
social pone de manifiesto, asimismo, los desplazamientos que ha
experimentado la acción feminista en relación a lo que Foucault denominara
la gubernamentalidad. La incesante proliferación discursiva, en el campo
jurídico, en el de los saberes especializados y en el comunicativo, ha
contribuido en los últimos años al desplazamiento del protagonismo feminista
afianzando simultáneamente una práctica administrativa dirigida
fundamentalmente a la domesticación simbólica y a la regulación de trabajos,
afectos y vida cotidiana.

Así pues, hablaré de violencia en dos sentidos: como terreno en el que
podemos leer las modificaciones a las que he aludido anteriormente y como
lugar de condensación de las nuevas tecnologías de gobierno.

El deseo de la ley

En el Estado español, donde la memoria de la dictadura y el análisis de la
transición continúan siendo cuestiones . impracticables, la transformación
de la vida de las mujeres y el modo específico en el que ésta se imbricó con
las luchas por los derechos civiles constituye un episodio fundamental en
los relatos feministas de este período

Este proceso de cambio, que ya se había extendido en otros países europeos,
no se limitó, desde luego, a reclamar la igualdad con los hombres, sino que
inauguró una política creativa -entretejida con la contracultura, con la
crítica a las instituciones heredadas de la dictadura y con la tematización
de la sexualidad- que se inmiscuyó irreverente en las alcobas abordando la
cotidianeidad como un continuum atravesado por el poder. Este planteamiento
trastocaba irremisiblemente las segmentaciones propias de la modernidad,
especialmente la que escindía en la teoría política y en la ordenación
social la esfera política de lo público y la esfera natural de lo privado.
Las feministas indagaron las potencialidades de lo común en la
autoconciencia, es decir, en una conciencia sujeta pero no sobredeterminada,
y cuestionaron la composición de las representaciones dominantes (por
ejemplo, en los mitos de la feminidad) y del propio placer en la
normatividad difusa de la existencia toda. La sexualidad y las políticas del
cuerpo , de una parte, y las aportaciones feministas marxistas sobre el
trabajo de las mujeres en los análisis sistémicos del patriarcado y el
capitalismo protagonizaron los debates de aquel período.

En este contexto, que es el de la década de los 70 y los 80, se perfilaron
en el feminismo dos ejes estrechamente imbricados: el de los derechos y el
de los deseos. La tensión productiva entre ambos impulsos, el que desata la
experiencia en un proceso de subjetivación que desborda los fines
normalizadores (y que muchas feministas ubican en la sexualidad) y el que la
articula mediante los derechos, se ha resuelto, finalmente, a favor de este
último, asentando una visión progresiva de la libertad en la historia según
la cual la destrucción del orden patriarcal se interpreta, cada vez más, de
acuerdo con un programa de modificaciones legales y jurídicas ya conformadas
(como el propio patriarcado) que traerían consigo un cambio irreversible en
las relaciones de género.

Así, si bien en un comienzo los cambios legislativos fueron considerados
como la expresión de campos de resistencia y antagonismo en lo social, hacia
finales de los 80, y en muchos casos gracias a la creciente labor
legitimadora de las instituciones internacionales, más propicias a las
declaraciones de principios y menos comprometidas en los conflictos locales,
las formulaciones legales que afectan a las mujeres -sobretodo en el terreno
de la violencia- pasan a representar un elemento clave de la pedagogía
social de género, es decir, un motor de sensibilización en unas sociedades
en las que los estados llevan ya la delantera en lo tocante a la producción
simbólica al codificar la liberación en términos de igualdad planificada.

En el Estado español, las batallas políticas en torno a la violencia que
culminaron en 1989 con la reforma del Código Penal heredado del franquismo,
se saldaron con un repliegue del movimiento feminista, que asumió la ley
como horizonte último de la política. A esto se sumó una intensa
intervención institucional llevada a cabo por el PSOE y dirigida a supeditar
la acción de los grupos de mujeres, fundamentalmente a través del sistema de
subvenciones , a la iniciativa estatal, más interesada en la legitimidad
política y la gestión de lo social que, cómo no, en la transformación y la
reinvención de la acción de los movimientos y de la ciudadanía en su
conjunto. Sobre este transfondo, la enunciación de la violencia ha pasado
progresivamente a formularse como «un problema de estado».

El efecto de esta descompensación en la capacidad deseante del feminismo
durante los 90 propició que los derechos (humanos) de las mujeres se
conformaran en el imaginario colectivo como un catálogo más o menos acabado
y, en este sentido, consumado o consumable cuya consecución se hacía
depender exclusivamente del curso irrevocable de la teleología democrática.
A un lado quedó lo inaferrable de las actuaciones excesivas del cuerpo
contra-puesto, así como la crítica al carácter necesariamente constrictivo
de toda segmentación, de toda regulación, siempre acechada por su momento no
normativo, por los estallidos inauditos e ingobernables desde los que se que
apuntarían nuevamente los límites y la caducidad de las legislaciones
existentes.

Las políticas queer de mediados de los 90 recuperaron, en parte a causa de
la irrupción del sida como gran dispositivo de normalización social contra
las desviaciones, este pulso dinámico de derechos y deseos, transformándolo
en un campo de experimentación performativa en el que ejercitar una función
constante de extrañamiento entra la norma, solidificada también, aunque no
sólo en el derecho, y sus ejecuciones vivas, entre la ley y los
comportamientos sociales.

Al estado concierne salvar una y otra vez este salto, acudiendo para ello a
los mecanismos jurídicos y de representación cuyo resultado son, como señaló
Foucault, la propia producción de los sujetos (con género) a gobernar . En
lo tocante a la violencia contra las mujeres, gracias a la preeminencia de
los aparatos jurídicos y administrativos, el estado ha consumado a finales
de los 90 su aspiración de asentarse como marco de inteligibilidad exclusivo
de la dominación de género: el estado se ha situado finalmente de parte de
las mujeres transformado la inscripción del poder de los hombres en el
cuerpo de las mujeres en un problema de gestión individualizada del maltrato
visible/existente necesariamente mediada por los dispositivos -casa de
acogida, centro integral, teléfono de atención, etc.- y los
saberes -estadísticas, catálogos de buenas prácticas, declaraciones,
protocolos, etc.- diseñados a tal efecto.

La ley, en esta ocasión en su vertiente securitaria, no sólo se dibuja como
horizonte posible, sino como horizonte deseable para las mujeres. El giro
penal en las cuestiones relativas a la violencia, con su énfasis en el
sistema de sanciones y en la mediación obligatoria de los agentes
judiciales, se convierte en un instrumente preventivo o incluso de
erradicación de la violencia. La nueva legitimidad del sistema penal como
instrumento de liberación de los coletivos más desfavorecidos es un rasgo de
algunos discursos feministas que curiosamente se aproximan a los mensajes
políticos conservadores sobre el aumento de la criminalidad. En ellos vemos
actualizarse el imaginario ya clásico de la protección de las mujeres y los
ciudadanos. El nuevo lenguaje de la violencia doméstica, privado de su
crítica radical a la institución familiar y sometido a una difuminación
creciente del entramado de las relaciones de poder entre hombres y mujeres,
se agrupa en la actualidad sin ningún pudor junto a la extranjería, la
delincuencia y el terrorismo; en el Estado español, esta tendencia ha
cobrado forma en los célebres planes anticriminalidad. Los discursos de
tolerancia cero, tan evocados por algunas corrientes del feminismo,
constituyen, en este sentido, la expresión popularizada de una orientación
represiva de inspiración estadounidense que aspira a traducir los problemas
sociales y políticos a cuestiones de defensa, seguridad, reclusión/expulsión
y castigo.

Así pues, la andadura feminista que forzó el aparato jurídico introduciendo
nuevos valores, como la «libertad sexual» o la «integridad moral», que
tomaban en cuenta la singularidad de los sujetos-ciudadanos, se ha
descompensado definitivamente a favor de una política desplazada hacia el
control (punitivo) y la gestión (diferida y de emergencia) de un conjunto
más o menos coherente de excepcionalidades. La proliferación del derecho
penal, frente al civil, las limitaciones que éste impone, por ejemplo en el
caso de las mujeres inmigrantes sin papeles , o la falta de imaginación a la
hora de afrontar la violencia como un asunto relativo a la sociabilidad
común -como lo fue cuando el feminismo ideó la acogida como parte de las
redes de apoyo entre mujeres- ponen de manifiesto la estratificación del
derecho y la extenuación del deseo.

En términos generales, la rigidez y maleabilidad de los derechos -¿cuántos
serían todos y para todas?- nos sitúa hoy nuevamente ante las asimetrías que
para los distintos sujetos conlleva la ciudadanía estrangulada (en el
matrimonio, la nacionalidad, la reunificación familiar, la adopción, el
aborto, la reproducción asistida, el registro de la identidad sexual, la
herencia o el ejercicio autodeterminado de la prostitución) y la flexible
(fundamentalmente en el campo del trabajo y de los flujos financieros y
comunicativos). El desequilibrio histórico entre la proliferación de los
deseos y los derechos a favor de estos últimos en su vertiente más punitiva
y excluyente pone de relieve al papel cambiante del estado y las
limitaciones del feminismo a la hora de imaginar un ámbito de alianzas y
reconocimiento que graviten en torno a otros centros y desestabilizen una y
otra vez las regulaciones que distribuyen legitimidad y titularidad entre
los distintos sujetos.

Más allá de «la liberación posible»

Lo cierto es que la generalización del feminismo a lo largo de las últimas
dos décadas con sus gestos masivos, más o menos perceptibles, más o menos
colectivos y organizados, de fuga -fuga matrimonial, fuga de la maternidad
como destino, fuga de la norma heterosexual, fuga intelectual, fuga de la
autoridad religiosa y paterna, fuga de la madre-patria, etc.- ha tocado
techo en tanto imaginario emancipatorio de la liberación posible. Esto no
significa que se haya realizado plenamente, tal y como ponen de manifiesto
las leyes que regulan el aborto o las diferencias salariales en la mayoría
de los países europeos, sino, más bien, que se ha instalado como afirmación
unilateral del «a mi tú no me pones la mano encima». A ello han contribuido
de modo significativo las manifestaciones culturales puestas en circulación
por las mujeres, manifestaciones que en la actualidad se están viendo
contestadas por una nueva ola conservadora en el ámbito de la representación
y por el imaginario de parodia feminista competitiva «a la Nike».

En relación a este ciclo de la segunda ola que hemos empezado a dejar atrás
cabría destacar varios rasgos que componen, en realidad, una suerte de
balance extremadamente parcial.

El primero se refiere a la capilaridad del feminismo en tanto idea común de
autodeterminación femenina que ha ido generalizándose a distintos sectores
de la sociedad aunque estos no se autodefinan necesariamente como
«feministas» . Uno de los elementos más relevantes de esta extensión es el
carácter individualizador que en adelante tendrá para muchas mujeres la
posibilidad de conformar su propio destino. La concepción liberal de la
independencia y la libre elección desencarnada asoma nuevamente en esta
identificación, en esta ocasión, en un escenario en el que la emancipación
se ha introyectado como capacidad de éxito social oportunista. El
sentimiento de inseguridad, aislamiento y, en particular, de sobrecarga
conforman la otra cara, siempre al acecho, en las tareas de gestión de una
existencia no autoritaria.

Las representaciones de las mujeres y de lo femenino elaboradas desde los
medios de comunicación han tenido un influjo decisivo a este respecto. Han
logrado consolidar una redefinición de los términos en los que el feminismo
había comprendido, entre otros, el fenómeno de la violencia, al actualizarlo
en el régimen comunicativo del reality show . Las características de esta
redefinición, de la que han participado también las sucesivas campañas de
sensibilización, son: (1) el surgimiento de la categoría mujer maltratada
como un perfil específico, con un acusado componente de clase y etnia,
extrañado con respecto al resto de las mujeres, (2) su inclusión victimizada
en el paradigma de los excluidos y asistidos, (3) la reducción del campo de
la violencia, atomizado en la espectacularización de la agresión física pero
por encima de todo de la muerte, (4) la simplificación de las causas, los
recorridos y las fugas que, en la actualidad, aparecen condensadas en torno
al momento de la denuncia y (5) la difuminación de las relaciones de poder
entre mujeres y hombres y su reemplazo por otros marcos de comprensión como
el intrafamiliar, que remiten en último término a la existencia de unidades
disfuncionales que habrán de ser sometidas un minucioso examen y, en
ocasiones, a la propia intervención de la televisión hiperrealista.

El caso de la violencia representa, en realidad, una porción mínima, si bien
significativa, de un proceso más vasto en el que están implicadas distintas
tecnologías de gobierno de género dirigidas a suscitar el extrañamiento y la
desidentificación entre individualidades femeninas capacitadas o
discapacitas para la gestión sus vidas privadas. Junto a esta visión
individualizadora se refuerza la impenetrabilidad de las formas aberrantes
de la dominación y el sentimiento de estar asistiendo a una excepcionalidad
permanente aunque controlable.

Acción feminista y gubernamentalidad

El segundo rasgo que me gustaría destacar, y al que ya me he referido al
hablar de la proliferación de las regulaciones penales en el ámbito de la
violencia, se refiere al protagonismo creciente del estado y sus agencias en
lo que atañe a las políticas de género, articuladas en sus aspectos más
propagandísticos -los menos populares pasan frecuentemente inadvertidos a
través de medidas que aparentemente nada tienen que ver con las mujeres- en
los célebres planes de igualdad. En escasos años, el estado ha pasado de ser
un agente antagonista para el feminismo, que tradicionalmente ha criticado
su complicidad en la opresión de las mujeres, a un garante de la libertad de
las mismas. Su intervención se enfrenta, por un lado, a algunos hombres que
aún se resisten al cambio y, por otro, a lo que se presenta como un código
patriarcal difuso, evocado mediante el lenguaje de la lacra o el drama,
envuelto en un proceso de descomposición irreversible.

Las nuevas modalidades gubernamentales han visto en el feminismo una
importante fuente de legitimidad en su apelación a la protección de las
mujeres frente a los violentos. Han incorporado, además, aunque sólo sea
mediante declaraciones, la necesidad de armonizar las relaciones entre
mujeres y hombres en el escenario conflictivo de la reproducción flexible.
Esto se produce en un periodo inestable en lo tocante a la natalidad y al
envejecimiento de la población nacional, al modelo de familia y empleo
típicos, a la titularidad de los derechos regulados mediante uniones legales
(es decir, homologables según la sexualidad y la proveniencia), a la
transferencia del cuidado hacia las mujeres inmigrantes y al trasvase
parcial de trabajo gratuito desde ciertos hogares hacia el empleo precario
feminizado. En el presente, la puesta a punto u optimización de la familia
o, en una formulación más neutra, de las unidades domésticas (por ejemplo, a
traves de las llamadas parejas de compañeros), representa un reto
deliberadamente silenciado para la intervención de los estados.

El gobierno, tal y como lo entendía Foucault, es decir, en sus tres
acepciones de actividad práctica que tiene el propósito de conformar, guiar
o afectar la conducta de una misma y/o de otras personas, racionalidad
política y tecnologías de gobierno, se caracteriza hoy por el paradigma
conformado en torno a lo que algunos autores denominan la gestión de la
emergencia y al gobierno a distancia . El tratamiento público de la
violencia nos sirve nuevamente como caso y lugar estratégico de esta
modalidad administrativa. El tratamiento de la violencia en el Estado
español ha entrado de lleno en un período en el que la privatización, la
minimización y la externalización de las políticas sociales son el paradigma
dominante en el marco de los cambios del estado-nación y la ofensiva
neoliberal.

De acuerdo con esta nueva racionalidad, el estado «está obligado a
economizar su propio ejercicio de poder» acudiendo a la movilización
permanente de su conocimiento sobre los individuos; «la regulación será en
gran medida obra de agentes no estatales» . El nuevo gobierno se sirve de
técnicas que crean una aparente distancia entre las decisiones de las
instituciones políticas formales y otros actores sociales más autónomos que,
como las asociaciones de mujeres, vienen encargándose desde mediados de los
80 de la asistencia a las mujeres animadas por la idea de que lo que les
sucede a éstas es un grado específico de lo que de uno u otro modo sucede a
la mayoría. Estas asociaciones, creadas al calor de la militancia feminista,
se están enfrentando a un choque de racionalidades que ha sustituido la
motivación política de partida por una lógica dominada por las subvenciones
y los súbitos virajes en la orientación administrativa. Apoyándose en este
impulso de autonomía civil, el estado externaliza y precariza gran parte de
la atención generando un vínculo más cómodo y ágil que descansa, además de
en las asociaciones, en un sin número de empresas subcontratadas con fuerza
laboral femenina (cualificada, voluntarista pero barata) que van rotando el
tipo de servicios ofertados: hoy mujeres golpeadas, mañana ancianas y pasado
mañana jóvenes consumidores de alcohol. El compromiso, la empatía, la
creatividad y la responsabilidad de las trabajadoras de estos centros, pisos
tutelados, teléfonos de atención, etc., hará el resto.

Indudablemente, las intervenciones estatales en este terreno no pretenden
acabar con la violencia, ni siquiera paliar sus consecuencias, sino limitar
sus manifestaciones más brutales, aquellas que en el plano simbólico
representan los aspectos más llamativos de un orden de género profundamente
opresivo que se aborda, como veíamos al aludir al régimen televisivo, en
términos de emergencia, es decir, como un conjunto más o menos coherente de
excepcionalidades. Esto se puede ver claramente en el diseño de los
dispositivos de acogida, que siguiendo el ejemplo de otras instituciones de
encierro, se han convertido en unidades que, condicionadas al proceso de
juridización, aíslan a las mujeres de sus entornos vitales. La casa de
acogida se convierte así en una auténtica pantalla psicológica que sirve en
gran medida para disolver la importancia de otros aspectos, entre los que se
sitúan las condiciones materiales que facilitarían la independencia de
algunas que han sufrido malos tratos. Las medidas de carácter económico son,
de modo significativo, las grandes ausentes en el debate sobre la violencia.
De contemplarse, como ha ocurrido recientemente en el caso español, se
recurre al sistema de incentivos, algo que el gobierno no se cansó de
esgrimir durante la pasada huelga general del 20 de junio, desde el que,
como sabemos, no se hace sino fomentar los empleos flexibles, sin derechos y
con bajos salarios para las mujeres.

«de parte del estado»
La modificación de las tecnologías de gobierno ha ejercido, a su vez, una
enorme influencia sobre lo que constituye el tercer elemento que me gustaría
destacar en este balance provisional: el que concierne a los cambios de la
acción feminista.

En la actualidad, ésta está hegemonizada por el lobby o grupo de presión,
que ha asumido la capilaridad del feminismo y las prácticas institucionales
y laborales de fragmentación, y trabaja a destajo desde la universidad, la
ONG, las empresas de consultoría y formación o el sindicato elaborando
listas, proyectos, servicios, redactando informes, viajando a Bruselas o
montando alguna que otra concentración. La integración y el isomorfismo
entre la práctica estatal de parte de las mujeres y la acción feminista de
parte del estado ha sido el resultado, por un lado, de la estrategia de
cooptación, fragmentación e incluso aniquilación de los movimientos sociales
a la que me he referido anteriormente y, por otro, del éxito de las
tecnologías del gobierno liberal avanzado, en especial, las que se dirigen
específicamente a las mujeres o tematizan la diferencia sexual, como sucede
en el caso de la violencia o, por poner otro ejemplo, las que abordan la
prostitución, y las que se dirigen al conjunto de la población pero tienen
una especial incidencia sobre las mujeres, como sucede con las políticas
laborales y de conciliación.

El disciplinamiento de la acción feminista en las universidades, en los
programas asistenciales, en el tercer sector y en el mercado de trabajo han
sido una componente esencial de este tránsito hacia lo que Foucault denominó
gobierno de la individualización .

Lo privado productivo

Finalmente, el cuarto rasgo se refiere a la adecuación de los procesos de
valorización impulsados por el feminismo, que además de haber socavado las
componentes más autoritarias de la dominación de género, han contribuido a
visibilizar y afirmar las cualidades subjetivas de la reproducción en tanto
producción de valores e individuos con género socialmente aptos, la
naturaleza «expresiva» (no esencial) y contingente del género y las
potencialidades de otras formas de vida al margen de la familia
heteropatriarcal. El momento de condensación de todo ello ha quedado
plasmado en el eslogan «lo privado es político». La importancia de esta
invención ha adquirido en el presente un carácter ambivalente que es preciso
desgranar.

En primer lugar, no ha logrado construir un imaginario lo suficientemente
atractivo como para arrastrar a un mayor número de mujeres hacia otras
formas de vida (colectiva). (¿Por qué, nos hemos preguntado repetidamente,
tienen que morir Thelma y Louis al final de la película?). La crítica
radical a la familia nuclear heteropatriarcal como modelo de relación
aceptable y/o viable o la complicidad de los estados en las transformaciones
del modelo de trabajo desregulado han pasado, en los discursos feministas de
los 90, a un segundo plano. Por otro lado, la fascinación que ejercen las
actuaciones subversivas de género no han dejado de convertirse en materia
viva para el mercado de productos materiales o inmateriales dirigidas a las
clases profesionales heterosexuales y homosexuales emergentes. En este
sentido, las políticas feministas y queers aún tienen pendiente la tarea de
elaborar una crítica y una intervención encaminada a desequilibrar y
desplazar (¡producir no es suficiente!) los deseos y las diferencias
sexuadas, constantemente pacificadas bajo el signo de la coexistencia y la
libre elección en el supermercado.

En segundo lugar, las constricciones que condicionan la independencia
económica de las mujeres se han visto parcialmente acentuadas gracias a la
integración de las capacidades y habilidades sociales privadas, incluido el
amor , en el postfordismo. Lo privado se ha tornado verdaderamente
productivo en todo el planeta; las cadenas mundiales de afecto , en las que
participan muchas migrantes que transfieren remesas pero también cuidado y
sociabilidad a las niñas y niños del Primer Mundo así lo atestiguan. Por
otra parte, las propuestas de valorización encarnadas en la sociedad civil
recombinada en el tercer sector, defendidas por algunas feministas por sus
virtualidades para la acción política , son, cuando menos, una herramienta
de doble filo debido a su dependencia política y económica con respecto a
las instituciones y al tinglado empresarial .

En cualquier caso, no cabe duda que estos procesos han dado lugar a un
espacio de indecibilidad a partir del cual es preciso hoy reinventar la
acción feminista. El imaginario de la joven precarizada que no quiere atarse
de por vida a un trabajo fijo, no pudiendo ser nombrada ni por su estado
civil, ni por su formación, ni por su categoría profesional, apenas por su
empresa virtual, o el de la migrante, que además de experimentar la doble
responsabilidad que en adelante descansa sobre sus espaldas, se presta a
experimentar con las potencialidades del desplazamiento, son ejemplos del
vínculo paradójico de las nuevas subjetividades femeninas en la economía
global.

Nos hallamos, entonces, ante manifestaciones de una agencia histórica que
habita en el tránsito entre, de una parte, la autodeterminación como
condición individual (en el trabajo flexible, a tiempo parcial, casero), de
otra, la libre elección en lo que se refiere a la identidad sexual y a la
disposición del afecto y la convivencia y, finalmente, las jerarquizaciones
de género, raza y sexualidad que fijan a cada paso las aristocracias y las
subalternidades existenciales.

Los procesos de valorización: visibilización (de lo doméstico con y sin
salario, del trabajo sexual, de aspectos tan difusos como la inteligencia
emocional, el trato personalizado, la disponibilidad o las estilizaciones
corporeizadas en la sexualidad, la medicina o la alimentación), producción
(de nuevos derechos en el ámbito de la extranjería, de la identidad sexual,
del parentesco, etc.) y desplazamiento (expresado por las formulaciones
feminista «situar la reproducción en el centro» o «hagamos de nuestros
deseos, nuestros saberes y nuestros afectos un desorden global» o por la
desobediencia masiva pero callada e individualizada en el ejercicio del
derecho al aborto) habrán de desencadenar, en nosotras, una apasionante
reinvención política en los próximos años.

Vega Cristina

Militante féministe et chercheuse à l’Institut d’études féministes de l’Université de Complutense de Madrid, où elle travaille à différents projets et séminaires en relation avec la « domestication » du travail et la situation des femmes étrangères en prison. Son étude de la violence dans l’État espagnol s’inscrit dans un projet de recherche militante. Elle participe, dans le cadre de la « Maison occupée des femmes » (La Eskalera Karakola), à l’auto-enquête : « Précaires à la dérive ».