Las multitudes en el Imperio

Alternativas a la biopolíticatraduction castillane de art177, rub6, rub71¿Cuál es la forma política que caracteriza a la globalización? ¿La mundialización de los mercados y de la producción capitalista se mantiene por una soberanía y por un poder que determinan las modalidades complejas de afirmación? Por otro lado, ¿podemos afrontar, en esta globalización y en esta (eventual) soberanía planetaria, estrategias de resistencia y de liberación, alternativas capaces de mostrarnos la emergencia y la constitución de nuevos procesos de subjetivación? Estas son algunas de las cuestiones que se plantean, y a las que tratan de dar respuesta M. Hardt y A. Negri en su última obra consagrada al «Imperio» (Empire, Cambridge, Harvad University Press, 2000). Se trata, para los autores, de explicitar un doble envite, que no da cuenta de una dialéctica, sino más bien de una doble relación de implicación: los modos de producción no pueden existir más que apoyándose en un orden político, creando así prácticas sociales de control. Pero, al mismo tiempo, nuevas maneras de vivir y de producir no pueden sino dar lugar a modos de producción y a un orden político que tiende a subsumirlos por prácticas de control. Esta doble relación de implicación clarifica la especificidad del Imperio -que escapa, de igual modo, a una lógica puramente dialéctica, que opondría un «objeto» a un «sujeto», una forma-Estado a la problemática del Imperio. Esta se determina, en primer lugar, por un simple hecho: existe un orden mundial. Este orden se expresa dentro de una «formación jurídica» (p.3). La experiencia del Imperio llama a una fenomenología de la que el despliegue sigue todos los tránsitos de lo real: la existencia de hecho de un nuevo orden mundial se inscribe dentro de una transformación profunda del derecho, y dentro de una nueva concepción de la autoridad política. El dominio jurídico no representa aquí, en modo alguno, el marco abstracto de la resolución de los conflictos sociales y políticos, nacionales y/o internacionales -más bien define, de una manera concreta, el dominio de los cambios y de las modificaciones «de la constitución material del poder y del orden mundial» (p.9). La constitución material designa los procesos socio-productivos que inducen a transformaciones incesantes de formas de vida a escala planetaria. El derecho no puede sino aprehender estos procesos, integrándolos en su ejercicio fundador. De ese modo, facilita las bases para la autoridad política -para el ejercicio de la soberanía. Es por lo que, desde este punto de vista, interrogarse sobre la soberanía que caracteriza a la globalización nos lleva a plantear de nuevo la cuestión del Imperio. En otros términos: es posible identificar prácticas jurídicas internacionales de las que el modus operandi remite a la constitución de un orden mundial (imperial) ejercido por instituciones: las Naciones Unidas, desde la Guerra del Golfo hasta Kosovo, sustentan y ponen en práctica un derecho de intervención, en tanto que modo de resolución de las crisis regionales y nacionales, que les asemeja cada vez más a una policía mundializada. Las ONGs, a partir de la defensa de los derechos del hombre, facilitan el marco «moral» necesario a toda intervención reguladora por parte de Naciones Unidas. La «ética» y el «derecho» dan cuenta, aquí, de las transformaciones que afectan a la constitución material del orden mundial: su relación no evoca una simple yuxtaposición de criterios de acción, señala la estrecha interdependencia que, en el Imperio, regula el ejercicio de soberanía.

La soberanía biopolítica del Imperio

Es la legitimación de la fuerza lo que, de manera evidente está en juego en estas prácticas. Sin duda, el problema no es nuevo: desde Hobbes, está en el corazón del pensamiento político moderno. ¿Cómo puede el soberano ejercer toda la fuerza de la que dispone sin, no obstante, aniquilar la fuente de su poder, sin aniquilar la vida de esos sujetos? Tal era la cuestión hobbesiana. La respuesta imperial es radical y reside en la desterritorialización de la soberanía. El Imperio carece de centro, es universal y local, actúa según una dinámica que es, al mismo tiempo, de identificación y de diferenciación: la «diferencia» (étnica, económica, política o social) es la mediación necesaria que sustenta su acción de desterritorialización, es decir, la inclusión identitaria, por el derecho, de lo que escapa a su control. Es así que el Imperio no conoce fronteras -o mejor: no existe más que desplazando, sin cesar, sus límites; ajustando y corrigiendo, por medio de la intervención jurídico-policial, las contradicciones que tienden a debilitar su soberanía.
La legitimación de la fuerza en el Imperio remite, así, a un origen biopolítico de la soberanía. Los autores se refieren aquí explícitamente al pensamiento de Foucault(1). El paso de la sociedad disciplinaria a la sociedad de control define, en Foucault, los cambios que afectan al ejercicio de los poderes en los Estados posmodernos; este ejercicio se efectúa mediante la regulación vital de los sujetos, mediante la asunción de su conocimiento y de su afectividad. Los poderes actúan como máquinas de captura de las multiplicidades, transformándose, así, los sujetos, en singularidades que no se enfrentan directamente a la dureza disciplinaria del Estado moderno y de sus técnicas, sino que se sitúan en un plano de inmanencia productor de actividad y de acontecimientos. La vida de los sujetos se reproduce y se crea huyendo de las máquinas de control del Estado. El biopoder no puede sino reenviar a la potencia de los sujetos y a sus tecnologías (afectivas, cognitivas, productivas) de emancipación. La herencia foucaultiana permite, en este sentido, clarificar las modalidades de constitución de la soberanía imperial. El Imperio legitima su fuerza soberana mediante el desarrollo incesante de procedimientos dirigidos a controlar la producción de potencia de los sujetos: la comunicación, los mercados financieros, las multinacionales se presentan como poseyendo las normas capaces de justificar la autoridad ejercida sobre los sujetos. Es a este nivel que el Imperio afirma toda su racionalidad: en la transformación jurídica de los procesos sociales, económicos y políticos expresados por la biopotencia de los sujetos.
En este sentido, el Imperio recela de los aspectos positivos o constitutivos: al ser su soberanía biopolítica completamente inmanente a la producción y a la reproducción de los sujetos, permite construir y determinar un «potencial de liberación» (p. 43). La fuerza del Imperio reside, igualmente, en su capacidad de producir siempre nuevas formas de subjetividad, nuevos modos de producción, nuevos saberes y nuevas relaciones sociales. Para existir y para ejercer su soberanía, el Imperio tiene la necesidad del crecimiento y del desarrollo de esos sujetos; es así como puede legitimar su fuerza. El Imperio se presenta como un águila de dos cabezas: de un lado tenemos la estructura jurídica y el poder constituido, fundados sobre la máquina del dominio biopolítico y pensados para regular, a través de la paz y el orden, las rupturas y las contradicciones; por otra parte, está la multitud plural de la subjetividades productivas, verdadera constelación de singularidades, capaces, en virtud de su biopotencia, de imponer al Imperio perpetuas reconfiguraciones de su soberanía (p. 60).

La afirmación de la multitud posmoderna

M. Hardt y A. Negri insisten en el hecho de que no se trata aquí de ningún tipo de dialéctica: la relación entre el Imperio y la multitud de los sujetos no se resuelve en una relación entre un «sistema» y «movimientos antisistémicos», siguiendo una explicación luhmaniana. Antes bien, esta relación configura una «secuencia de movimientos» producidos en un espacio liso y al mismo tiempo fundamentado en una multitud nómada, en nuevas formas de subjetividades, híbridas y mutantes, tecnologizadas y mestizas (p. 61). Nuevas fuerzas constituyentes operan en el Imperio: «la potencia desterritorializada de la multitud es la fuerza productiva que sostiene el Imperio, y al mismo tiempo la fuerza que requiere y vuelve necesaria su destrucción» (ibid.). El análisis de Hardt y de Negri se vuelve, aquí, deudor del spinozismo. Spinoza, en el corazón del s. XVII, da la vuelta al modelo hobbesiano de ciencia política: la multitud no es lo negativo del poder, el abismo de fondo desde el cual puede, en todo momento, oscurecer la racionalidad del soberano -es, por contra, la plena positividad de la potencia natural, la parte clara y gozosa de la ontología, la constitución común de la emancipación y de la liberación de la servidumbre(2). El deseo que recorre la multitud spinoziana puede, igualmente, designar el campo de afirmación de la multitud posmoderna, su actividad inmanente y su potencia resueltamente materialista, más allá de todo determinismo utópico y de todo finalismo historicista. Así, el «fin de la historia» anunciado por los profetas del nuevo orden mundial representa el único espacio experimental capaz de abrir de nuevo perspectivas emancipadoras, y de crear las condiciones para la libre afirmación de la multitud y de sus singularidades (Spinoza se une aquí con Maquiavelo, releído a través de los ojos de Althusser)(3) (p. 63-66).
Ahora bien, si la relacion de implicación que estructura el biopoder del Imperio y produce la biopotencia de la multitud proporciona a los dos actores el marco conceptual necesario para la aprehensión general de la problemática, queda por saber cómo y por qué ha podido construirse el Imperio. ¿Cómo hemos pasado de una soberanía estática y nacional a una soberanía imperial? Por otro lado, ¿cuál es la diferencia entre el imperialismo que caracteriza la formación del Estado moderno y el Imperio que marca la emergencia del Estado posmoderno? ¿Podemos identificar, desde este punto de vista, una estructura estática capaz de resumir, en virtud de su historia y de su acción, el sentido de las prácticas imperiales? El conjunto de estas cuestiones atraviesa la segunda parte de su libro, que alimenta y mantiene análisis apasionantes. La genealogía del Imperio reviste de una nueva lectura a la filosofía política occidental a partir del Renacimiento: el paso de la soberanía nacional a la soberanía imperial muestra el combate que los filósofos de la «trascendencia» han sostenido, sin cesar, con los filósofos de la «inmanencia», para legitimar la violencia autoritaria del Estado moderno. Combate titánico, en el corazón de la modernidad, cuya finalidad reside en la purificación del pensamiento de todo componente materialista y revolucionario. La modernidad no puede, así, sino dar cuenta de la crisis perpetua entre las fuerzas creadoras y constructivas de la inmanencia y el poder trascendente que trabaja constantemente por la restauración del orden y del equilibrio. Duns Scoto, Giordano Bruno, Spinoza y Marx se oponen aquí a Descartes, a Hobbes, a Rousseau, a Kant y a Hegel. La perspectiva trazada por M. Hardt y A. Negri permite plantear, desde otro punto de vista, la cuestión del humanismo, que estaba ya en el centro de Las palabras y las cosas de Foucault: en la posmodernidad, no se trataría tanto de proponer un «antihumanismo», con el fin de responder a las «crisis» de la modernidad, sino, más radicalmente, de pensar, con todas sus consecuencias, la nueva «naturaleza humana», de inventar «otro» proyecto humano, relacionado con las potencialidades infinitas y con las virtualidades incesantes de un mundo de mutantes -una cyborg naturaleza, forma modular entre las producciones biopolíticas del Imperio y la biopotencia deseante de la multitud (p. 91-92).

Nación y soberanía popular

La «crisis» que determina y funda el desplazamiento del pensamiento moderno proporciona el basamento ideológico y procesal a la «modernidad de lo político». Aquí, el concepto clave es el de «nación». Es la nación quien engloba el espacio de la soberanía, y quien permite transformar la multitud en pueblo. Paso que es esencial a la modernidad, cuyas consecuencias se revelan decisivas para la historia del planeta. Este paso es posible cuando el absolutismo monárquico transforma, por medio de la imposición de las formas capitalistas de la producción y del desarrollo de la administración, el territorio del Estado y de los sujetos que lo pueblan en un ideal abstracto y en un concepto político. «El concepto moderno de nación proviene del cuerpo patrimonial del estado monárquico, y de ahí reinventa una nueva forma» (p. 95). Nueva forma recorrida por tensiones y contradicciones que tienden, sin cesar, a la anulación y a la vejación: la soberanía no puede imponerse más que creando crisis indispensables para la legitimación de su fuerza (acumulación capitalista, burocratización de la administración, prácticas disciplinarias). No obstante, es por medio de la integración de estos diferentes procesos que la nación puede identificarse con un pueblo sobre el que ejerce su soberanía absoluta. Negri y Hardt señalan, desde esta perspectiva, el enorme trabajo teórico realizado por Sieyès y Burke: la producción de una identidad nacional como representación última de la soberanía popular, como cumbre histórica alcanzada por la hegemonía económica y política de la burguesía. La soberanía nacional sanciona una victoria de clase: la dinámica revolucionaria de la multitud, marcada por la diferencia y las singularidades de sus componentes, y absorvida desde finales del siglo XVIII por la homogenización y el repliegue identitario del pueblo burgués -único y exclusivo fundamento del Estado.
La construcción de la identidad nacional constituye, igualmente, la mediación irrebasable que lleva a los grandes Estados europeos al colonialismo y al imperialismo. La legitimación de la explotación impuesta a los países conquistados se efectúa a través de la definición de una dialéctica antropológica que opone lo «Mismo» a lo «Otro». «El colonialismo es una máquina abstracta que produce la alteridad y la identidad» (p. 129). El Estado-nación europeo no puede apenas subsistir sin la pretendida alteridad de los colonizados: es precisamente esta alteridad la que justifica la intervención imperialista, es decir, la política extranjera que finaliza con la instauración del modelo centralizado de soberanía. Ahora bien, «el fin del colonialismo y el declive del poder de la nación testimonia el paso que, del paradigma de la soberanía moderna conduce al paradigma de la soberanía imperial» (p.137). Este paso, fundamental y profundo, se inscribe en la propia historia de la nación norteamericana y de su modelo de soberanía. «La Revolución norteamericana representa un momento de gran innovación y de ruptura en la genealogía de la soberanía moderna» (p. 160). Es esta innovación y esta ruptura lo que los dos autores sacan a la luz de una forma extremadamente densa y fecunda. La historia de la soberanía norteamericana se configura siguiendo una dinámica de expansión, que asocia el proyecto democrático de los Padres fundadores al deseo de inclusión de un poder constituyente que actúa mediante redes y mediante procesos de compensación de los conflictos. Todas las fases de la historia norteamericana están determinadas por esta doble posición: de Thomas Jefferson a Bill Clinton, esta dinámica dirige las opciones efectúadas por los Estados Unidos tanto en materia económica como política y social -y esto a escala mundial. Desde el comienzo, la constitución norteamericana es «imperial»: «La idea contemporánea de Imperio ha nacido a través de la expansión global del proyecto constitucional norteamericano» (p. 182). Es decir, que la soberanía no distingue entre el «interior» y el «exterior»: el horizonte de su desplazamiento es potencialmente infinito y no reconoce fronteras. O mejor aún: el límite, las fronteras, representan déficits que la constitución debe, en cada etapa, rehacer y superar, con el fin de poder mostrar su eficacia y, sobre todo, su superioridad.

La soberanía inclusiva y desnacionalizada del Imperio

La genealogía del Imperio se identifica con la afirmación planetaria del poder norteamericano y de su soberanía inclusiva; es ahí donde reside la ruptura decisiva con la soberanía moderna, fundamentada en la nación. Ésta no puede existir sin un «afuera» que legitime el empleo de su fuerza y de su derecho; es por esto que el imperialismo europeo requiere la invención del «otro» (raza, sistema económico o político «subdesarrollado»). El «afuera» en donde se sitúa el «otro» permite, de este modo, al pueblo que encarna la política de la nación, definir su identidad y justificar su función frente al pueblo a someter. No es así en el Imperio: para la soberanía imperial no existe «afuera». En efecto, «la dialéctica moderna del dentro y fuera ha sido reemplazada por un juego de grados de intensidad, de hibridación y de artificialidad… El espacio estriado de la modernidad construía lugares continuamente tomados de un juego dialéctico y fundados sobre sus afueras. Por el contrario, el espacio de la soberanía imperial es liso… En este espacio liso del Imperio no existe ningún lugar de poder -el poder está a un tiempo en todos los sitios y en ninguno. El Imperio es una , o verdaderamente un no-lugar (187-190). Es por esto que la corrupción, y no la crisis, es el modo de afirmación propio de la soberanía imperial. A diferencia de la nación moderna, el Imperio, para existir, tiene la necesidad de contradicciones deslocalizadas e inaprehensibles, de relaciones inestables y accidentales: su «estabilidad» se relaciona con la inestabilidad, con la impureza y con el magma de las relaciones. Su «ontología» es débil y pacificadora -y es de este modo como puede ejercer sus principales funciones de mandato: la inclusión, la diferenciación y el management. El aparato imperial alimenta, en un primer tiempo, un consenso liberal consagrado a la pacificación y a la estabilización de las relaciones políticas y sociales; segundo: celebra el culto de las diferencias (nacionales, culturales, étnicas) y, tercero, aplica a estas identidades y diferencias una gestión económica jerarquizada por el mando capitalista(4).
El modelo político imperial no implica solamente una redefinición de la soberanía y de sus modalidades de aplicación, sino que actualiza igualmente los cambios profundos e irreversibles de los modos de producción. Y es ahí en donde se halla la cuestión de la biopolítica. En efecto, se ha visto que la soberanía imperial atraviesa, de manera inmanente, todas las subjetividades sobre las que ejerce su acción. Se trata de una soberanía eminentemente bioproductiva. En la tercera parte de la obra, M. Hardt y T. Negri describen los pasos de producción que definen la transición de la modernidad al posmoderno. La historia del capital y de sus transformaciones posmodernas es contemporánea al declive del Estado moderno y al nacimiento del Imperio. El concepto central en esta parte es, naturalmente, el de trabajo -y su explotación. En efecto, la biopolítica que funda la soberanía imperial determina nuevas formas de explotación, perfectamente compatibles con los nuevos modos de producción expresados por la biopotencia de la multitud. Hardt y Negri insisten, desde esta perspectiva, en la centralidad «ontológica» del trabajo inmaterial en la esfera productiva de la biopolítica imperial. Este concepto marxiano de los Grundrisse deviene, en la óptica adoptada aquí, el signo de una verdadera «mutación antropológica» (p.289). La informatización, la producción en red, el carácter abstracto y simbólico del valor, el investimento afectivo en las tareas designan otros tantos cambios que revelan la emergencia de una «nueva condición humana» (291). La economía cognitiva -interactiva y cybernética- nos muestra una naturaleza humana cada vez más «maquínica» -órganos, cuerpo y cerebros en conexión con herramientas, lenguajes y códigos. De este modo, el trabajo inmaterial se descentraliza y se desterritorializa, se desarrolla en medio de conexiones horizontales que tienden a escapar del control vertical del capital. Este trabajo inmaterial sólo puede ser cooperativo, creador de valor compartido, inmanente a las modalidades de su despliegue y de su afirmación. Es ahí en donde reside su potencial de liberación, frente a la soberanía capitalista, pues está ya insertada en una serie de luchas posmodernas (Los Angeles, Chiapas, Corea, Francia). Estas luchas, a diferencia de las luchas «sistémicas» que caracterizan los combates de la clase obrera moderna, son «acontecimientos», es decir, que se presentan como siendo la extensión de singularidades actuando sobre el espacio liso del biopoder imperial. El trabajo inmaterial, en sus reivindicaciones, no es cíclico, sino serial -inscrito en las líneas de fuga que constituyen el sentido de su dinámica.

La subsunción real de la multitud

De ahí las respuestas del capital imperial y biopolítico. El control sobre la biopotencia expresado por el trabajo inmaterial de la multitud encuentra su punto de aplicación en las ramificaciones infinitas de la subsunción real. La producción autónoma y cooperativa de la multitud requiere una normalización que se efectúa a través de la instauración de una «constitución global» que representa y sintetiza la soberanía imperial del capital posmoderno. Hardt y Negri describen esta constitución global como una pirámide de tres niveles, de los que cada uno incluye numerosos componentes. En el vértice se encuentran los Estados Unidos, que actúan en concordancia con los componentes representados en las Naciones Unidas, los países del G7 y las asociaciones de los grandes grupos financieros. Las multinacionales que, gracias a sus redes dominan los flujos de capitales, las tecnologías punta y poblaciones, constituyen el nivel intermedio. El poder de las multinacionales en redes actúa directamente sobre los Estados-nación, a los que confía la «regulación local» de la producción biopolítica. En ese sentido, los Estados-nación operan como «filtros» de la subsunción real planetaria. El último nivel lo encarnan los organismos encargados de representar las instancias de la multitud, tales como ciertos Estados no pertenecientes al G7 o ciertas ONGs que huyen de las funciones puramente imperiales (p. 309-314). El objetivo que persigue la «pirámide» consiste, evidentemente, en la segmentación de la multitud y el debilitamiento de su potencia. Los medios en que se apoya para ejercer su autoridad y su control biopolítico son, esencialmente, tres: el arma atómica, las finanzas (globalización de los mercados) y la comunicación (televisiones, estrategias educativas y culturales) (p. 345). Estos tres medios de control están estrechamente ligados a los tres niveles principales de la «pirámide» imperial: su funcionamiento inclusivo asegura el gobierno (o, podríamos decir, la gobernabilidad) de la multitud por medio de la alianza fundadora de la soberanía desterritorializada de la subsunción real.
Ahora bien, y es éste el objeto de la última parte del libro, «¿cómo puede la multitud devenir sujeto político en el contexto del Imperio?». En efecto, «la constitución del Imperio no es la causa, sino la consecuencia de la potencia de la multitud» (p. 394). Un primer elemento de respuesta reside en la construcción colectiva de espacios de liberación: «Lo común es la encarnación, la producción y la liberación de la multitud» (p. 303). La potencia de la multitud puede -y debe- devenir común, crear una constitución material y materialista de lo político de los procesos de diferenciación, opuestos a la diferencia estabilizadora de la soberanía y de la economía imperiales. La construcción del común configura la multitud como el nuevo proletariado del Imperio; en otras palabras: como la fuente, autónoma y potente, del valor generalizado y globalizado -inmediatamente cooperativo (p. 402). Se trata de un proletariado nómada, móvil, capaz, desde la complejidad maquínica de sus «órganos» (afectos, cerebros, saberes) y por la hibridación de sus acciones (luchas, resistencias), de apropiarse de la riqueza que produce. La apropiación del valor -el devenir político de la multitud- se efectúa, precisamente, sobre el terreno del nomadismo, del éxodo, de la fuga y de la deserción. Al igual que el Imperio, la potencia de la multitud proletaria carece de lugar, no conoce fronteras ni límites. La experiencia del Imperio -sin duda delirante, a veces trágica- representa la única posibilidad que se le ofrece a la multitud para afirmar su poder constituyente(5). Posibilidad que se inscribe profundamente en la biopolítica, y que define la soberanía y la economía imperiales. Es produciendo su vida como, en primer lugar, la multitud se apropia de toda su potencia. Esta producción se identifica con la apropiación del lenguaje y de la comunicación. El poder constituyente de la multitud reside en la transformación del lenguaje y de la comunicación en formas de vida emancipadoras, creadoras de un nuevo horizonte jurídico (salario garantizado) y orientadas a la cooperación del trabajo inmaterial. Empire es un gran libro de filosofía política. Comenzando por la asombrosa riqueza de sus análisis, continuando por la fuerza de su constructivismo.

El retorno problemático del sujeto

Para concluir, se imponen dos observaciones. La primera concierne al papel de Europa: ¿Se aparta verdaderamente de la escena mundial, tras el fin del colonialismo? ¿No abriga, probablemente, en esos Estados-nación en declive, redes de biopotencia necesarias para la construcción de alternativas y de resistencias al Imperio? ¿Ciertas estructuras del Welfare State (salud, educación) pueden representar aún, dentro de un contexto biopolítico y no disciplinario, espacios reales de emancipación, y plastificarse en medios de hibridación capaces de aumentar el potencial de liberación de la multitud? Por otro lado, ¿por qué pensar la potencia de la multitud en términos de sujeto? Dicho de otro modo: ¿por qué introducir un elemento unificador y organizacional en la multiplicidad nómada y dispersa de las multitudes? ¿La noción de sujeto no amenaza con introducir la sombra amenazante de la dialéctica, allí donde precisamente no existe dialéctica, donde el nomadismo de la biopotencia de las multitudes es ya constituyente? El nomadismo o el éxodo se expresan sobre un plano de inmanencia que no reconoce más que singularidades comunes. El oxímoron clarifica, a nuestro modo de ver, la «especificidad ontológica» de las multitudes posmodernas, su pluralidad irreductible que tiende a escapar al trascendental totalizante del sujeto (aunque sea portador de liberación). Las multiplicidades diseminadas de las multitudes probablemente actúan siguiendo trayectorias y recorridos que están en el Imperio, pero encontrándose ya mucho más allá de su acción y de su historia.
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1. M. Foucault, La voluntad de saber, I (Historia de la sexualidad,), Ed. S. XXI, 1982; «Naissance de la biopolitique», Dits et écrits, Gallimard, 1994, 3, p. 818-825; Il faut défendre la societé, Seuil-Gallimard, 1997. [Hay que defender la sociedad. Ed. Amalgesto, Buenos Aires, Argentina; 1992
2. Spinoza, Tratado político, Alianza, en particular los capítulos II y III.
3. L. Althusser, «Machiavel et nous», Écrits philosophiques et politiques, Stock/Imec, 1995, 2, p. 39-168.
4. Se trata, por ejemplo, del procedimiento que normalmente siguen las multinacionales de la banana en América Central (p. 200).
5. A. Negri, El poder constituyente, Ed. Libertarias, 1993.

Ansaldi Saverio

Maître de conférences à l’université de Montpellier III – Paul Valéry. Il a publié La Tentative schellingienne. Un système de la liberté est-il possible ? (L’Harmattan, 1993) ; Spinoza et le baroque. Infini, désir, multitude (Kimé, 2001) ; Nature et puissance. Giordano Bruno et Spinoza (Kimé, 2006). Membre du comité de rédaction de Multitudes.